In just over two hours by plane from Madrid or Barcelona we can escape to one of the most charming cities in North Africa. Its colours, tastes, noises and smells make it an exotic destination very easy for any traveller. I will tell you what I liked the most during the days I spent there last December.

 

First, the airport. This building fascinates at the moment you arrive. It is a modern building with a clear reference to the traditional architecture of the country. It was a project of the Moroccan study E2A (2008) that extended the existing terminal, from a body formed by large glazed aluminium windows. The motifs are inspired by the arabesques so characteristic of its ornamentation. The reflection in the floor tiles is amazing.

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Where to stay. Being the most touristic city in the country, there are many options. We booked a riad (the typical Moroccan house that is distributed around a courtyard) in the north of the medina, where the maps do not serve to return home, only your memory. The owners are Paris and Fahd, who live in the UK but spend long periods in Morocco. You can enjoy their amazing house when they are not there through Airbnb :)

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Although it’s hard to leave such a nice and relaxing place, you should discover the city. The northern part of the medina is perhaps the least tourist, for me the most authentic (it is a bit further away from Djema el-Fnaa). You must get lost in chaotic alleys full of people, donkeys and motorcycles, and buy (read bargain) in one of the hundreds craft shops. You also have to stop once in a while to have a sweet mint tea. Very sweet.

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The terraces of Marrakech. Many restaurants and cafes have an open space at the rooftop, from where you can see the magnificent chaos of houses, cables and alleys that make it so special. From these terraces, you will also understand why they call it the red city. I recommend the Atay Cafe for a great natural orange juice and a chocolate crepe in the sun.

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If you are very hungry and prefer a good dish of couscous or tajin, very close is Le Jardin, an oasis in the middle of that (happy) chaos. As the name suggests, the tables in this restaurant are set around a large garden. The food is delicious, and it is so beautiful that again it will be hard for you to leave that place…

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And if you like the gardens, after lunch you have to visit the Jardin Majorelle (outside the rampart), which was built by the French artist Jacques Majorelle in 1924. However, perhaps the most famous inhabitant of this house and its gardens was the designer Yves Saint Laurent, to whom the city will dedicate a museum space in the Fall 2017.

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A tip. Just in front there is the shop 33 Rue Majorelle, a space where you can buy the creations of Moroccan designers: posters, objects of decoration, bags … All the pieces have a common characteristic: contemporary design always influenced by the traditional forms of their Arab culture. And, of course, you can also have a mint tea or just chill in their cool coffee.

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Let’s go back to the medina. La Maison de la Photographie is a must see. The different floors of this riad welcome exhibitions of antique photographs (and also some audio-visuals). The goal of this museum is to preserve and show the photographic heritage of Morocco, and has a large fund formed from several private archives. Keep these names: Marcelin Frandrin (1889-1957) and Jacques Belin, who immortalized the Moroccans during the first decades of the twentieth century.

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Nearby is the Madrasa ben Youssef, a huge building from the Saadian era where the Koran was taught. You will not tire of looking at the stucco, the calligraphy and the colours and shapes of the almost hypnotic tiles covering both the interior walls and the large patio.

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And of course you have to discover Jemma el-Fnaa Square and its surroundings. Two tips: visit it at least once al night and buy peanuts with honey and sesame in one of the food stands. Jemma el-Fnaa Square_marrakech

In one of the (busy) souks, very close to the square, is located Nomad, a cool restaurant where you can eat any typical Moroccan dish in a precise dining room located on the first floor, or at the terrace enjoying the views. On the ground floor of this house you will find Chabi Chic store, specialized in typical Moroccan kitchenware (with a more modern air), where you can buy pottery of a hundreds of colors.

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And, finally, the carpets. If that month you go well with cash, you cannot resist; You’ll make room at home, that’s not a problem. If you want to know where I bought mine at a good price you will have to ask me :)

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En poco más de dos horas de avión desde Madrid o Barcelona podemos escaparnos a una de las ciudades con más encanto del norte de África. Sus colores, gustos, ruidos y olores la convierten en un destino exótico y muy fácil para cualquier viajero. Os cuento lo que más me gustó durante los días que pasé allí en diciembre.

Primero, el aeropuerto. Este edificio fascina nada más llegar. Es una construcción moderna con una clara referencia a la arquitectura tradicional del país. Fue un proyecto del estudio marroquí E2A (2008) que ampliaba la terminal ya existente, a partir de un cuerpo formado por grandes rombos de aluminio acristalados. Los motivos representados se inspiran en los arabescos tan característicos de su ornamentación. El reflejo que crea en los azulejos del suelo es alucinante.

Dónde alojarse. Al ser la ciudad más turística del país, hay muchas opciones. Nosotros alquilamos un riad (la casa típica marroquí que se distribuye alrededor de un patio) en el norte de la medina, donde no sirven los mapas para volver a casa, solo tu memoria. Los propietarios son Paris i Fahd, quienes viven en el Reino Unido pero pasan largas temporadas en Marruecos. Podéis disfrutar de su increíble casa cuando no estén a través de Airbnb :)

Aunque cueste salir de un sitio tan bonito y relajante, hay que descubrir la ciudad. La zona norte de la medina es quizás la menos turística, para mí la más auténtica (está más alejada de la plaza Djema el-Fnaa). Hay que perderse por sus caóticos callejones llenos de gente, burros y motos, y comprar (léase regatear) en una de las mil tiendas de artesanía. También hay que detenerse de vez en cuando a tomar un té a la menta dulce. Muy dulce.

Las terrazas de Marrakech. Muchos restaurantes y cafeterías tienen un espacio abierto en la parte superior, desde donde se puede observar el magnífico caos de casas, cables y callejones que la hacen tan especial. Desde estas terrazas, además, entenderéis porque la llaman la ciudad roja. Os recomiendo el Atay café para tomar un gran zumo de naranja natural y una crepe de chocolate al sol.

Si tenéis mucha hambre y preferís un buen plato de cuscús o tajín, muy cerca está Le Jardin, un oasis en medio de ese (feliz) caos. Como su nombre indica, las mesas de este restaurante están situadas alrededor de un gran jardín. La comida está deliciosa, y es tan bonito que otra vez os va costar salir de allí…

Y si lo que os gusta son los jardines, después de comer hay que visitar el Jardin Majorelle (fuera de la muralla), que fue construido por el artista francés Jacques Majorelle en 1924. Aunque quizás el habitante más famoso de esta casa y sus jardines fue el diseñador Yves Saint Laurent, a quien la ciudad dedicará un espacio-museo este 2017.

Una recomendación. Justo en frente está la tienda 33 Rue Majorelle, un espacio donde podréis comprar las creaciones de diseñadores marroquís, algunos de ellos emergentes: posters, objetos de decoración, bolsos… Todas las piezas tienen una característica común: el diseño contemporáneo siempre influido por las formas tradicionales de su cultura árabe. Y, por supuesto, también podréis tomar un té a la menta o simplemente descansar en su café.

Volvamos a la medina. La Maison de la Photographie es una visita obligada. Las diferentes plantas de este riad acogen exposiciones de fotografías antiguas (y también algunos audiovisuales). El objetivo de este museo es preservar y difundir el patrimonio fotográfico de Marruecos, y dispone de un gran fondo formado a partir numerosos archivos particulares. Quedaros con estos nombres: Marcelin Frandrin (1889-1957) y Jacques Belin, quienes inmortalizaron a los marroquís durante las primeras décadas del siglo XX.

Muy cerca de allí está la Madrasa ben Youssef, una enorme construcción de la época saadí donde se enseñaba el Alcorán. No os cansaréis de mirar los estucos, las caligrafías y los colores y formas de los azulejos casi hipnóticos que cubren tanto las paredes interiores como el gran patio.

Y por supuesto hay que descubrir la plaza Jemma el-Fnaa y sus alrededores. Dos consejos: visitarla al menos una vez por la noche y comprar cacahuetes con miel y sésamo en alguno de los puestos.

En uno de los (concurridos) zocos, muy cerca de la plaza, está el restaurante Nomad, donde podréis comer cualquier plato típico marroquí en un preciso comedor situado en la primera planta, o en la terraza disfrutando de las vistas. En la planta baja de esta casa encontraréis la tienda Chabi Chic, especializada en menaje típico marroquí (algunas piezas con un aire más moderno), donde podréis comprar cerámica de mil colores.

Y, por último, las alfombras. Si ese mes vais bien de cash, no os podréis resistir; ya le haréis sitio en casa, eso no es un problema. Si queréis saber dónde compré la mía a buen precio tendréis que preguntarme :)